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México y Corea del Sur: cuando la gratitud mundialista se convierte en hermandad futbolera

Por Redacción Fútbol · 19 de junio de 2026 · 02:00 · 5 min lectura

El encuentro entre México y Corea del Sur en el Mundial 2026 trasciende las líneas del campo de juego. Lo que comenzó como un agradecimiento deportivo en 2018 se ha transformado en una manifestación cultural que cuestiona la naturaleza misma de las rivalidades futbolísticas. Cuando ambas selecciones se enfrenten en Guadalajara, estarán escribiendo un capítulo más de una narrativa que desafía los códigos tradicionales del deporte: dos naciones que convirtieron un resultado ajeno en el punto de partida de una amistad colectiva sin precedentes en la historia de los mundiales.

La génesis de este vínculo se remonta al 27 de junio de 2018, cuando Corea del Sur derrotó 2-0 a Alemania en Kazán. Aquel resultado, aparentemente intrascendente para los asiáticos que ya estaban eliminados, catapultó a México a los octavos de final del Mundial de Rusia. La respuesta mexicana no se hizo esperar: miles de aficionados salieron a las calles de Ciudad de México para celebrar la victoria coreana como propia. El embajador de Corea del Sur fue cargado en hombros frente a su sede diplomática mientras la multitud coreaba «¡Coreano, hermano, ya eres mexicano!». No era protocolo diplomático ni estrategia de relaciones públicas; era gratitud futbolera destilada en fervor popular.

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Lo extraordinario no fue el acto mismo, sino su persistencia. Ocho años después, el cántico se ha institucionalizado como parte del imaginario colectivo de ambas aficiones. En Guadalajara, ciudad anfitriona del duelo mundialista, la consigna ha resurgido con fuerza renovada. Cuando aficionados coreanos asistieron a una función de lucha libre —espectáculo profundamente arraigado en la cultura popular mexicana—, el DJ del recinto reprodujo «Gangnam Style» como gesto de bienvenida. Las redes sociales mexicanas se inundaron de videos mostrando a tapatíos y coreanos ejecutando juntos la icónica coreografía del caballo de PSY, fusionando dos expresiones culturales aparentemente inconexas en un acto de celebración compartida.

Esta dinámica plantea interrogantes sobre la construcción de identidades futbolísticas en la era global. Tradicionalmente, los mundiales han servido como escenarios para exacerbar nacionalismos y rivalidades históricas. México y Corea del Sur, sin embargo, han construido un paradigma alternativo basado en la reciprocidad y el reconocimiento mutuo. Cuando Corea del Sur venció 2-1 a República Checa en su primer partido del grupo A en este Mundial 2026, sectores de la afición mexicana celebraron el resultado como si fuera propio, invirtiendo la lógica de 2018: ahora eran los mexicanos quienes apoyaban incondicionalmente a los asiáticos.

Desde la perspectiva táctica, el partido adquiere dimensiones más convencionales. México llega obligado a recomponer su estructura defensiva tras la expulsión de César Montes en el duelo anterior contra Sudáfrica. El técnico Javier Aguirre ha realizado ajustes significativos en su once titular: Edson Álvarez asume la responsabilidad central en defensa, mientras que Israel Reyes reemplaza a Jorge Sánchez en el lateral derecho. En el mediocampo, la entrada de Luis Romo en lugar de Álvaro Fidalgo sugiere una búsqueda de mayor contención ante una selección coreana que demostró capacidad ofensiva contra los checos. El esquema 4-1-2-3 de Aguirre mantiene a Raúl Jiménez como referencia ofensiva, apoyado por Orbelín Alvarado y Jesús Quiñones en las bandas.

Para Corea del Sur, este encuentro representa una oportunidad de consolidar su posición en el grupo y demostrar que su victoria inaugural no fue fortuita. La selección asiática ha evolucionado considerablemente desde 2018, construyendo un sistema de juego que combina disciplina táctica con capacidad de transición rápida. Su triunfo sobre República Checa evidenció una madurez colectiva que trasciende el talento individual de figuras como Son Heung-min. Los coreanos saben que enfrentarse a México en condiciones de local implica lidiar con un factor emocional que va más allá del apoyo tradicional: se trata de jugar contra un adversario que, paradójicamente, también es un aliado simbólico.

Los escenarios que se desprenden de este partido son múltiples y complejos. Una victoria mexicana consolidaría la recuperación tras un inicio errático y posicionaría al Tri como favorito para avanzar a octavos. Un triunfo coreano, en cambio, prácticamente garantizaría su clasificación y obligaría a México a depender de combinaciones de resultados en la última fecha. El empate, resultado que históricamente ha caracterizado los encuentros equilibrados entre selecciones de diferente confederación, mantendría abiertas todas las posibilidades en un grupo que se perfila como uno de los más competitivos del torneo. Más allá de la tabla de posiciones, el partido será un termómetro para medir si la hermandad entre aficiones puede coexistir con la rivalidad deportiva dentro del campo.

Lo que ocurra en Guadalajara escribirá un nuevo capítulo en una historia que comenzó con un gol alemán detenido en Kazán y se convirtió en un puente cultural entre dos naciones. México y Corea del Sur han demostrado que el fútbol puede ser, simultáneamente, un campo de batalla competitiva y un espacio de encuentro humano. La verdadera victoria, independientemente del marcador final, ya está garantizada: ambas aficiones han transformado la transitoriedad de un resultado en la permanencia de un vínculo que trasciende los noventa minutos.

Fuentes

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